jueves, 9 de octubre de 2008

28

Tengo que recapitular. No puedo escribir toda mi vida esta novela enferma que nunca voy a escribir. No deben seguir por más tiempo en mis pies esos zapatos metafísicos y ajustados, que se gastan, como los fabricados con materiales artificiales como este texto, o aún con mayor velocidad.
Estoy seguro de que este lapsus que me brinda la desesperación que me domina no es suficiente para descubrir a qué se debe la desesperación que me domina. Si fuera algo sencillo de localizar, romper la relación que me une a eso aparecería como una tarea completamente accesible y hasta lúdica si se quiere. Sin embargo, este momento se caracteriza a sí mismo con otra puntuación, otro alfabeto, en relación a otro mundo distinto a mi mundo distinto y no alcanzo a entender qué hay que, siendo tan poderoso, logra apartarme de casi cualquier camino que yo decida.
Además de separar mi cotidianidad de lo indescifrable que me obstaculiza, otra empresa, no menos dificultosa, llama la atención en mi horizonte vital con suficiente fuerza como para que me resulte imposible no atenderla: remover el polvo acumulado por largo tiempo sobre los sentimientos que no sacudí por pereza o ineptitud, polvo que ahora me causa una reacción incontenible de alergia a mí mismo.
Qué fastidio, esto.